De nada me sirvió marcharme tan rápido si en vez de cerrar la puerta de un portazo la dejé abierta de par en par. De nada me sirvió intentar convencerme de lo contrario si lo que más quería era volver. De nada me sirvió marcharme si, de todas formas, tú te montas en los autobuses que me llevan a casa. Te cuelas en los trenes que me devuelven a la realidad y te dejas ver en los aviones que me llevan a otros países.
Haces todas esas cosas para luego no encontrarte cuando yo te busco, para obligarme a inventarte. Y haces todas esas cosas porque yo te lo permito. ¿Y cómo no hacerlo? La razón no es la costumbre, ni siquiera ese punto autodestructivo de mi forma de ser. La razón ya te la he dicho al principio: no quiero olvidarte.
Y esto no es nuevo. Siempre hemos estado así. Tú revoloteando a mi alrededor, compinchado con mi imaginación, por muy lejos que yo haya decidido irme. Yo, mientras tanto, escondida en contra de mi voluntad, esperando el momento perfecto para irrumpir en tu vida de nuevo, para trastocar tus planes, atrapar tu alma y cambiar la historia.
Porque no me atrae la idea de jugar a ser mayor si eso supone aferrarme a mi orgullo y seguir creando una montaña de mentiras que me aplaste y me haga esclava de mí misma. Porque nunca es tarde para pedir perdón. Porque yo nunca te confesé que yo también estaba loca por ti. Aun no te he dicho cómo me dolió cuando te fuiste. No te conté las verdaderas razones que me hicieron enfadarme tanto aquella última noche.
Por que tú también creerás que si no hice nada fue porque no me importabas lo suficiente. Creerás que ya no quiero verte, y no deseo más que hacerlo. Pensarás que eres el único que me busca, y yo estoy perdida de tanto hacerlo. Tú también tienes razones para pensar que te he olvidado, y la verdad es que ni siquiera lo he intentado.
Ahora intento enmendar el daño que nos ha hecho mi orgullo y tu miedo escribiéndote estas letras desde Berlín. Ya. Lo sé, lo sé... siempre estoy muy lejos. Pero por estar lejos he vuelto. Te quiero. No lo olvides, aunque no lo sepas. Pero lo sabrás. Acabaré confesándotelo. Aunque nunca te envíe esta carta ni mis dedos se atrevan jamás a marcar tu número, el Cielo está de nuestra parte, nunca ha dejado de estarlo.
No quiero olvidarte del todo, y por eso aún no te has ido.


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